No es para mí un honor estar aquí esta noche. No. Es mucho más que eso, es nada menos que una obligación. Y lo es por los motivos que esgrimiré a continuación.Pero antes quiero presentaros a mis amigos… Ellos son imprescindibles para mí. Y paso ya a dar razones de la obligación que me ha traído hasta aquí esta hermosa noche de marzo.

 

 

Cuando yo era un niño mi madre me mandaba al barrio (entonces no tenía apellido; era sencillamente “el barrio”) a buscar un agua milagrosa que manaba de una fuente que había, a la mitad, más o menos, de la Calle San Francisco y que ponía los garbanzos tiernos como la mantequilla “flande”. En aquellos tiempos, los garbanzos tiernos eran un manjar delicioso y el cocido (la olla) que los acogía se convertía en el plato más delicioso que pueda soñar ahora cualquiera de estos expertos gourmets de pacotilla, que nos rodean por todas partes o cualquier cocinero de postín y de moda con programa de cocina en televisión incluido.

 

(La guitarra debe juguetear tenuemente por debajo del siguiente poema)

 

Aquella fuente era un beso,

un beso fiel de unos labios,

que en la calle San Francisco,

te estaban siempre esperando.

 

Eran besos que calmaban

la sed, el hambre, el cansancio

y que dejaban mullidos

y blanditos los garbanzos.

 

Un buen día nos encontramos con la fuente sellada y el líquido prodigioso que brotaba de ella se perdió para siempre. Esto coincidió con el tiempo en que también los cocidos pasaron a la historia, arrinconados por comidas rápidas y paladares cada vez menos exigentes.

 

Cuando yo era pequeño mi padre me hacía acompañarlo a la feria de ganado del barrio (entonces no había que decir “de San Francisco”; era sencillamente “el barrio”) para cuidar de la partida de becerros, que intentaba vender después de haberlos comprado en alguna de esas otras famosas ferias que había por Andalucía y Extremadura. Yo asistía, entre gozoso y obligado, a aquel trasiego de bestias, a aquel trapicheo de tratos, a aquellos tenderetes improvisados con cuatro palos, donde se cerraban negocios y se abría el apetito con cuatro cervezas frescas y cuatro montillas de garrafas de arroba.

 

(La guitarra vuelve a deslizarse por debajo del siguiente poema).

 

Bajo la carpa de octubre,

discusión acalorada

y una cerveza fresquita

refrescando la garganta.

 

Veranillo del membrillo,

el verano que se acaba,

un negocio que se cierra,

una radiante mañana.

 

Entre mulos y caballos,

entre becerros y cabras,

tiras y aflojas y voces

en la feria más serrana.

Feria del Barrio que sigue

acariciando mi alma.

 

Aquel pujante mercado fue languideciendo a medida que nuestra sociedad se fue volviendo más urbana y los animales más prescindibles en las labores diarias delcampo. Hoy es algo testimonial, una reliquia del pasado, que se conserva más por nostalgia que por necesidad.

 

Cuando yo era un niño, los Salesianos, de vez en cuando, muy pocas veces para lo que nosotros hubiéramos preferido, nos bajaban al campo de fútbol del barrio (entonces no tenía apellido; era sencillamente “el barrio”). Aquellos niños, que pegados a la radio, seguían con entusiasmado embeleso las hazañas de los grandes futbolistas de la época y que, alguna vez, muy pocas, habían tenido ocasión de ver de refilón alguna imagen de sus ídolos en un aparato mágico, que llamaban televisión, entraban a aquel recinto como si lo hicieran en Maracaná, el Bernabéu o el Nou Camp. Aquel rectángulo mágico convertía su tierra, sus baches y sus chinos en un césped verde y homogéneo, y en su alrededor se levantaban unos inmensos graderíos invisibles, que albergaban a más de cien mil entusiasmados hinchas, que jaleaban nuestras jugadas y malabarismos con la pelota en los pies. Ni Distéfano, ni Kubala, ni Pereda ni Gento podían sentirse más felices que nosotros, con aquél balón que llevaba las costuras por fuera y que era un peligro cabecear, porque dejaba señales indelebles de su impacto en la frente.

 

Aquel campito de tierra

era un estadio importante,

era un almacén de sueños,

era una cosa muy grande.

Era el templo más hermoso,

que jamás soñara nadie.

 

Allí reinaba el balón,

aunque no tuviera aire,

porque aunque fuera de goma

nos parecía bastante.

 

Allí los goles, los gritos,

se mezclaban indomables

con las leyendas sagradas,

con el sudor palpitante

y la gloria se palpaba

como un fruto del instante.

 

En su césped virtual,

hecho de tierra salvaje,

de luz se llenaba el alma

y las rodillas de sangre.

 

Aquel campito de tierra

era un estadio importante,

era un almacén de sueños,

era una cosa muy grande.

 

Y es que (como decía un legendario entrenador del Liverpool) el fútbol antes, y me temo que también ahora, no era, no es un asunto de vida o muerte, sino que es algo mucho más importante que eso.

 

Pero lo que a mí más me entusiasmaba de este fastuoso estadio, eran las porterías. Auténticas, de madera, en las que entraban de verdad los goles y no como aquellas hechas con piedras o con ropa, en aquellos campos improvisados en calles, plazas y descampados, en las que había que imaginar los tantos y que daban pie a tanta discusión sobre si el balón había dado en el poste o no o si había pasado por fuera o por dentro.

 

Cuando yo era pequeño, el reclamo de cacharros y puestos de turrón y los sonidos propios de la feria (sirenas, tómbolas, música estrepitosa y voces de jolgorio) me traían subyugado a este barrio, el único barrio que disfrutaba entonces de tal consideración en Ronda. Y aquella prolongación de la Feria de Septiembre era una ocasión de regocijo, una prórroga en la diversión, que cerraba las largas vacaciones de verano que los estudiantes disfrutábamos en aquellos tiempos. No importa que se acabe la feria de septiembre, pensábamos entonces; aún nos queda la del barrio. Y ésta llegaba fiel a su cita, como todos los años, a primeros de octubre. Y ahí sigue, contra todos los vientos y a pesar de los pesares; contra todas las crisis y frente a los políticos que han querido liquidarla más de una vez.

 

Cuando yo era un niño, mi madre, como buena arriateña, aficionada a los pasos y a los nazarenos, a la cera y a las cofradías, cuando llegaba el Viernes Santo, me bajaba hasta el barrio (ese que no necesita apellidos) para ver la salida del Santo Entierro. No hace falta encomiar la admiración cargada de desasosiego que creaba en mí la imagen yacente encerrada en la inmensa urna de cristal. Un muerto, por muy sagrado que sea, deja una honda impresión en unos ojos infantiles. Aquellas túnicas negras, aquel esparto en los cinturones, aquel silencio, eran sencillamente sobrecogedores. A pesar de que, en aquel tiempo, los ornamentos eran escasos, los pasos poco lucidos y túnicas y capirotes no recibían apenas ni el lustre de una plancha.

 

(Empieza a sonar de nuevo la saeta, mientras dura el poema).

 

Encerrado en la urna

de cristal transparente,

por la cuesta nocturna

llevan a Dios yacente.

 

Aquel niño andaluz,

no mira al Dios vencido,

clavado en una cruz

vejado, escarnecido.

 

Mira a aquel cuerpo inerte

con ojos aterrados,

viendo cómo la muerte

traspasa su costado.

 

 

Todas estas cosas (la fuente, las ferias, el campo de fútbol, las procesiones) me fueron vinculando a este barrio de una manera tan poderosa, que poco a poco y sin apenas darme cuenta, me fui convirtiendo en un admirador, en un defensor de sus cosas, de sus gentes, de su idiosincrasia y, en definitiva, de su modo original de ser rondeño.

 

Pues bien, de todas aquellas cosas que me fueron ligando a él, que me fueron enredando en su encanto como una inmensa y generosa tela de araña, las únicas que se conservaron en el tiempo; que no solo perduraron, sino que mejoraron y se perfeccionaron hasta alcanzar su esplendor actual, fueron la Feria, el Santo Entierro y el Resucitado.

 

La fuente se secó o la secaron, tal vez porque ya no había garbanzos que ablandar con sus milagrosas aguas; el mercado de ganado fue languideciendo hasta casi desvanecerse, víctima del discurrir natural de las cosas de este mundo: nacer, vivir, desaparecer; el campo de fútbol fue perdiendo sus gradas invisibles, su césped imaginado y su carga mítica para convertirse en un triste descampado, en un cementerio de las ilusiones de tantos y tantos chavales, que allí soñamos un futuro de estrellas.

 

¡Ay, todo aquello se fue, se lo llevó el viento que arrastra las cosas perecederas, por muy hermosas que sean, por muy importantes que hayan sido en nuestras vidas!

 

Pero ese viento, que se lleva casi todo, no ha podido con vuestra feria ni con vuestra gloriosa Hermandad. Es decir, no ha podido con aquello que sentís como un legado invulnerable; como una herencia que hay que cuidar y custodiar, por encima de sacrificios personales y de trabajos abnegados y generosos.

 

Y ahí está vuestra Hermandad, más lozana y próspera que nunca; con más pasado y más futuro que nunca; con un presente esplendoroso y exuberante. Generaciones y generaciones de hermanos han ido transmitiendo con esmero y devoción, con cariño y eficacia supremos, ese tesoro, que fueron conservando y engrandeciendo, atesorando e incrementando, hasta el nivel en el que lo habéis colocado hoy. A vosotros, los hermanos de ahora, os correspondía la inmensa responsabilidad de transmitir a las próximas generaciones, una obra que la labor callada, honesta y generosa de los que os han precedido, había colocado en un alto nivel de difícil superación, en el máximo grado de su esplendor. No habéis defraudado a la historia. No la estáis defraudando; seguro que no lo haréis en el futuro. Por el contrario, habéis estado por encima de las previsiones, mucho más allá de lo que os correspondía, colocando a vuestra Hermandad en una cima de tal naturaleza, que los que vengan detrás tendrán que hacer esfuerzos que rayen lo milagroso, no ya para superar vuestra tarea, sino incluso para conservarla.

 

Pero la grandeza que ha ido adquiriendo esta Hermandad, no es algo fortuito ni fruto de la casualidad. No responde tan solo al esfuerzo abnegado de unas juntas directivas laboriosas y brillantes. No. Hay algo más que eso, algo mucho más decisivo, algo que resulta definitivo. Su grandeza procede de la del barrio donde se ubica: gentes, rincones, historia, convierten a este barrio de San Francisco en un espacio cargado de grandeza, de dignidad, de nobleza, de gallardía. Sí, es la grandeza de este barrio la que se traslada a todas y cada una de sus actividades, a todas y cada una de sus actuaciones, como es el caso de esta santa cofradía. El origen de esta nobleza no puede estar sino en esa argamasa tribal que conforma la sustancia misma de sus gentes. Más que barrio es familia; más que barriada es tribu. Hay, en efecto, un pozo de familia en el entramado social que conformáis y que hace que las relaciones que cultiváis, que las actividades que ponéis en marcha, se conviertan en asuntos que vinculan a todos y cada uno de los miembros, en proyectos comunes, en propósitos íntimamente compartidos.

 

No, el Barrio de San Francisco no es un barrio más. Aquí los vecinos no se cruzan por las destartaladas escaleras de edificios deshumanizados, sin dirigirse la palabra, sin merecer ni siquiera un saludo, una cortesía. Aquí no se vive en siniestras colmenas, en las que, pese a la cercanía física, la gente se encuentra a años luz de distancia humana. Aquí no se cruzan las personas por la calle embebidos en sus preocupaciones, invisibles a las miradas y a la presencia de los otros. Por el contrario, en este barrio, no solo se saluda, sino que se pregunta por la salud, por los hijos, por los padres, por el trabajo. Aquí se vive en casas acogedoras, entrañables, que recogen vecinos implicados en la tarea colectiva de vivir.

 

Yo puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que aquel valor sagrado de la solidaridad, defendido por múltiples religiones y sistemas políticos, aquí se ha hecho realidad. No he visto nada igual, ni parecido, en ningún otro sitio. Dudo que se dé en tal grado en otro lugar lo que aquí se produce. Esa generosa entrega a los demás, ese compromiso con los problemas ajenos, ese apoyo desprendido a las causas de los otros, esa defensa radical de una forma de entender la comunidad, la vida en común, ese trabajo permanente en pos del mantenimiento de unas tradiciones en las que siguen vivos los esfuerzos de vuestros antecesores, esa tarea cotidiana por engrandecer vuestros espacios comunes y las instituciones que las sustentan. En definitiva, esa obligación que siente cada miembro de esta colectividad, por mantener una personalidad colectiva, una condición peculiar y diferente, extraordinaria y única.

 

Una obligación, un deber, que aquí no es obligación embarazosa, sino compromiso entusiasta, necesidad imperiosa de acudir en defensa del común beneficio, como la única y mejor manera de defender lo particular; luchar por todos como la fórmula más idónea de proteger lo propio. Ese es el estilo de las gentes de este barrio. El mensaje cristiano hecho realidad. Porque todo el aparato de esta religión, todos sus ritos, y doctrinas, todas sus teologías, dogmas y sistemas, se resumen y deben resumirse en un solo concepto, en una única palabra: AMOR. Lo demás son elucubraciones, fantasías, misterios, entresijos. El AMOR es el centro del cristianismo y todo el mensaje de Jesús nace de esa fuente irreducible del AMOR. Sin AMOR desaparece la doctrina, convertida en palabrería. Sin AMOR se esfuma la liturgia, convertida en teatro. El cristianismo es AMOR. Quien así no lo entienda, lo está malentendiendo. Quien pone el acento en otras cosas, convierte esta inmensa palabra, este sustantivo descomunal, en una expresión sin sustancia, en un término vacío y sin contenido.

 

(Suena de nuevo “La saeta”).

 

En el principio, el amor,

el amor hacia los otros,

del cristiano que convierte

la doctrina en testimonio.

 

Amor, que rompe fronteras

para llegar hasta el fondo,

donde duermen las verdades

de lo ajeno y de lo propio

Amor que debe colmar

el mundo de los católicos.

 

Pues bien, esto es lo que hacéis en este barrio, llenar de contenido esa palabra, cargar de sustancia el más hermoso, el más glorioso de todos los sustantivos: el AMOR. Vosotros habéis trasladado a vuestra vida la esencia del mensaje cristiano. Habéis llenado vuestra existencia diaria del compromiso cristiano del AMOR. Porque el AMOR se sustancia en todos los valores y en todas las virtudes, que predica nuestra religión. El amor es caridad; el amor es esperanza; el amor es obligación, trabajo, apoyo; el amor es solidaridad. Amor es estar pendientes de las necesidades ajenas, es no abandonar nunca al que sufre, al que padece, al que precisa.

 

Vosotros sois capaces de trasladar a la realidad ese código sagrado del amor, que se refleja en la ética cristiana. Vosotros consoláis a los que lloran; saciáis a los que tienen hambre y sed; atendéis a los que sufren… Hacéis, en definitiva, realidad el mensaje, convirtiendo las palabras en obras. “Por sus hechos los conoceréis”. Así se definía a los cristianos desde la fuente misma del mensaje, desde el mismo mensajero, Cristo. Aquellos que dan testimonio, con sus obras, aquellos que confirman sus palabras con sus acciones son los verdaderos cristianos. La iglesia, entendida como la suma de todos los fieles, malinterpreta muchas veces el sentido original de la doctrina. No es el caso que se da aquí, donde los hechos, las obras, se convierten en la sustancia misma de vuestro compromiso religioso.

 

Ni la intransigencia en el rigor de las normas, ni la rigidez en el seguimiento de los ritos, ni la intolerancia hacia quienes no piensan como ellos, serán la seña de identidad de los cristianos; por el contrario, serán los hechos, la conducta, las obras, los que identifiquen al seguidor de Jesús.

 

Su único norte ha de ser seguir el camino del amor, ese camino por el que tantas veces se han extraviado los cristianos a lo largo de la historia y se siguen aún extraviando. Es muy fácil y, por tanto, muy común, quedarse en la cáscara de las cosas y olvidar lo cardinal; recrearse en lo adjetivo y relegar lo sustantivo.

 

(Suena de nuevo La Saeta).

 

No encuentra a sus hermanos

quien solo mira al cielo,

quien espera un regalo

sin regalar primero,

quien solo ofrece a Dios

palabras y no ejemplos.

 

Se equivoca quien busca

la gloria sin esfuerzo,

confiado en la fe

ganada como un premio.

El cielo no está arriba,

el cielo está en el suelo.

 

Pero no se agota ahí el sentido del AMOR cristiano. Ese AMOR exige también un compromiso de defensa de la dignidad de las personas, de respeto al medio ambiente que nos cobija, de lucha sin cuartel contra las injusticias que nos cercan, contra la corrupción que nos invade, contra las mentiras que nos rodean, contra un mundo que se ha vuelto superficial y chabacano y al que, entre todos, debemos devolver cuanto antes a los raíles de la honestidad y la vergüenza.

 

Estamos asistiendo a tiempos duros, difíciles, en los que hace falta más que nunca, hacer realidad ese compromiso cristiano, que nos exige implicarnos en tantas y tantas cosas pendientes que tiene este mundo, en tantas heridas por cerrar y en tantos corazones por abrir.

 

El creyente tiene la obligación de enfrentarse a las arbitrariedades de los políticos, a la ruindad de los poderes financieros, a la perversidad de los que nadan en la abundancia a costa de la miseria y la muerte de tantos y tantos inocentes. Tiene el deber de oponerse a los abusos de los que tienen el poder, ya sea político, económico o espiritual; a los que solo busquen su interés particular desde su responsabilidad pública.

 

No, no es fácil ser cristiano nunca, y menos en estos tiempos que nos ha tocado transitar. No es fácil, pero ésta es la única manera de serlo. El cristianismo exige implicación en las cosas de este mundo. Y una Hermandad, como la vuestra, es un excelente mecanismo para intervenir en él y aplicar en la vida concreta las enseñanzas teóricas que el Evangelio predica.

 

Y en eso, este barrio está más que doctorado, porque habéis demostrado más de una vez, que sois capaces de enfrentaros a situaciones que habéis considerado injustas,arbitrarias, lamentables o, simplemente, desafortunadas. Habéis, en definitiva, puesto en escena la condición básica de toda cofradía: la hermandad.

 

Hermandad viene de hermanos,

hermanos es esperanza

en un presente sin nubes,

en un radiante mañana.

 

Resucitar es nacer

a una luz profunda y clara,

es cerrar puertas que niegan,

es abrir otras ventanas.

 

La Resurrección es la consumación de la esperanza; es el acto central del cristianismo. Sin resurrección desaparece la confianza en un futuro de salvación, en otra vida llena de gozo y libre de los pesares de este mundo. La Resurrección de Cristo es un preludio, es un anticipo de la resurrección que esperan los cristianos, desde el eje mismo de su fe.

 

De todas formas, aprovecho esta oportunidad que me brindáis para mostrar mi sorpresa, incluso mi asombro, ante esa relegación que hace la Semana Santa en general, de ese momento esencial del cristianismo. Las cofradías han volcado siempre todo su interés y sus energías en poner de manifiesto ante los fieles al Jesús sufriente, sangrante y dolorido, al Dios que padece y es humillado hasta la muerte. Apenas han dejado nunca espacio para pregonar en toda su grandeza el significado de lo que ocurre ese tercer día que nos narran los evangelios. Y en ese tercer día, sin embargo, es donde se encuentra la esencia de nuestra salvación. Es el Dios que triunfa sobre la muerte el que alienta la esperanza, aunque sea el Dios sufriente y malherido, el que acapare todas las veneraciones. La cruz es el símbolo del sufrimiento; la resurrección es el símbolo de la gloria.

 

Por eso, la saeta es el cante flamenco que recoge ese dolor de los cristianos ante el drama de la Cruz. El drama de la Cruz que es una metáfora de la angustia, que todo ser humano sufre en su dura tarea de vivir. Y como la vida implica sufrimiento, es y ha sido siempre el Cristo Crucificado el que ha reclamado nuestra atención y nuestro apoyo para ayudarle a cargar con su madera, a soportar la humillación…

 

Pero a mí, de entre todas las saetas, prefiero como Machado, aquella que exalta al Cristo que anduvo sobre las aguas, al que trascendió el madero, el que brotó triunfante de las fauces del sepulcro. (Empieza la introducción de La saeta para ser cantada).

 

Dijo una voz popular:

 

¿Quién me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?

 

¡Oh, la saeta, el cantar

al cristo de los gitanos,​

siempre con sangre en las manos,

siempre por desenclavar!

 

Cantar del pueblo andaluz,

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subir a la cruz.

 

Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía

y es la fe de mis mayores.

 

¡Oh, no eres tú mi cantar,

no puedo cantar ni quiero

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en la mar!

 

Esta saeta es una saeta especial. Lo normal es que recoja la Pasión del Cristo redentor, que muere en la Cruz por salvar al mundo y sus criaturas. Es la oración hecha plegaria que dedica el pueblo al Jesús del madero, símbolo de su propio sufrimiento, de la angustia de ese colectivo popular, que siempre ha de cargar con todas las injusticias, de todos los desmanes y que siempre debe acudir con su sacrificio a resolver, a recomponer lo que otros han roto.

 

A vuestra Hermandad le ha correspondido en este catecismo que es la Semana Santa, representar el paso de la muerte a la vida, de la ignominia a la esperanza en la salvación. Es tarea de vuestra Hermandad no solo pasear por las calles el Santo Entierro y la vuelta a la vida de Jesús, sino también llenar de contenido la palabra Resurrección en el día a día. Resucitar al deber de ser cada vez un poco mejores; Resucitar con nuestro ejemplo la vergüenza de los que mandan, la dignidad de los que esperan, el compromiso de los que solo viven para ellos…

 

El mundo de los cristianos no puede encerrarse en unos templos y en unas tradiciones venerables, ni el mundo de los cofrades ha de reducirse a su casa de hermandad y a la comunión con los hermanos. El mundo requiere vuestra presencia, vuestro trabajo, vuestro compromiso. Debéis ser abanderados en la lucha por un mundo mejor, que no es una frase hecha o un tópico para salir del paso. Un mundo mejor es, hoy más que nunca, la imperiosa necesidad de ayudar a los que sufren injusticias, necesidades, miseria. Hemos construido un mundo de fachadas deslumbrantes, que esconden detrás demasiadas sombras, demasiadas cloacas. Hemos sucumbido al reino de la apariencia y nos hemos olvidado de que los verdaderos valores suelen estar escondidos detrás. Nos hemos convertido en necios consumidores de productos y de verdades.

 

Luchar por ese mundo mejor, ayudar al que lo necesita, no dejarnos vencer por la apatía, decirle basta a los poderosos, plantarle cara a quienes nos explotan material y espiritualmente, esa es la única forma de cargar con la cruz, de arrimar el hombro con nuestro compromiso para hacer más llevadero su peso.

 

Tenéis la suerte, además, amigos, de radicar vuestra cofradía en este templo cargado de historia, de siglos repletos de acontecimientos trascendentales, no solo para el devenir de esta ciudad, sino para el acontecer de la nación española.

 

(Suena de fondo la guitarra).

 

Aroma de Viernes Santo

derrama tu piel rocosa

y en el aire que te envuelve

hay un atisbo de gloria.

 

A la grupa de los vientos

que van puliendo la historia,

entre murallas guardada,

tú te levantas airosa,

hacia ese cielo infinito,

cielo imposible de Ronda,

entre La Ciudad y el Barrio,

entre luces y entre sombras.

 

Cuando yo ya era mayor, mi empresa me devolvió a este barrio (sigue sin necesitar apellidos, a pesar de que ya hay muchos barrios en Ronda). Me mandó a trabajar al Colegio ubicado en el extremo superior de la calle San Francisco, hoy llamado Fernando de los Ríos. Ya se volvía a reestablecer aquella relación de mi niñez, interrumpida por los azares de la vida. No podían haberme concedido mejor premio. Ahora sí que tendría ocasión de conocer a fondo el tejido social de este barrio, sus niños, sus jóvenes, los padres y los abuelos de los niños, su presente, su pasado y su futuro. Lo que empecé siendo un chiquillo: el conocimiento de sus cosas, de sus tradiciones, lo terminaría de mayor, intentando acercarme a sus gentes. Círculo cerrado. Pero nunca dejé de visitar este barrio durante ese periodo que medió entre la infancia y la madurez, aunque fueran visitas breves y culinarias. Había demasiados reclamos como para dejar de venir: El Sucio, el Cafelillo, Alonsito, El Pino, Benito, Bodega San Francisco…demasiadas tentaciones como para no sucumbir ante ellas.

 

Entre el Barrio y la Ciudad,

entre la ciudad y el Barrio,

han discurrido mis sueños,

han transcurrido mis pasos.

 

Pero, como decía, volví definitivamente en un otoño de finales del siglo pasado. Las aulas, las clases, los recreos y la convivencia en mi Colegio me han venido a confirmar lo que yo ya intuía: este barrio tiene el privilegio de contar con unos vecinos especiales: gentes tan vinculada a su tierra, a sus tradiciones, a sus mayores y a sus campos, que han terminado por engendrar la misma nobleza que las murallas vecinas, que la Iglesia que preside su horizonte.

 

Y ahora ya sí, de forma definitiva, puedo decir que el barrio es “mi barrio”. Que no hay nada mejor que hacer en esta ciudad que recorrer sus calles cuando está apuntando el Sol, acompañado del aroma del pan recién hecho y del aguardiente recién escanciado en las copas.

 

Me vais a permitir, para finalizar, que recupere unos veros que intentaban homenajear la personalidad de este barrio dentro del conjunto de Ronda, en el canto que tuve el honor de pregonar para la Feria de Pedro Romero de 2009. Decía así:

 

Con sus calles empedradas

y su dilatada historia,

con “El Sucio” en la memoria

y sus tremendas heladas.

 

Su Llanete y sus pendientes,

con sus bares y sus dueños

y Paquillo “el Pujarreño”,

paradigma de sus gentes.

 

Con su santa cofradía:

Hermandad del Santo Entierro,

sus balcones y sus cierros,

su tristeza y su alegría.

 

Con su pilar centenario,

con su Iglesia y sus conventos,

su falta de aparcamientos

y con su trajín diario.

 

Con sus viejos y sus niños,

con su alameda y su feria,

su sabor a periferia,

sus monjas y sus pestiños.

 

Con sus osados empeños,

con su propia idiosincrasia,

él es por antonomasia

el barrio de los rondeños.

 

Real Hermandad del Santo Entierro de Cristo

 

 

 

XXIII Pregón de la Real Hermandad de Santo Entierro de Cristo, Ntra. Sra. de la Soledad, Cristo Resucitado y Ntra. Sra. de Loreto.

 

 

Por Don José María Tornay Ruiz